Al principio de la II Guerra Mundial, EE.UU. había permanecido neutral, evitando de este modo una nueva sangría para sus jóvenes, como ocurrió en la primera gran guerra.
Sin embargo esta posición de neutralidad cambió la mañana del siete de diciembre de 1941, cuando la Armada Imperial Japonesa atacó por sorpresa a Pearl Harbor, en la isla de Oahu (Hawai) con el objetivo de destruir la Flota del Pacífico de EE.UU. y así ocupar las colonias occidentales del sudeste asiático y romper el embargo económico al que Japón estaba siendo sometido desde hacía un año. El ataque destruyó al menos trece buques y casi doscientas aeronaves. Perdiendo la vida en esta acción unos dos mil quinientos americanos.
Y de este modo cuando parecía que la segunda Guerra Mundial no podía empeorar, y como consecuencia de este ataque, el presidente Roosevelt declaró la guerra a Japón y cuatro días después Hitler se la declaró a EE.UU. sumándose estos dos colosos Japón y América del Norte, a la contienda.
La opinión pública consideró dicho ataque como una vileza y una traición, desatándose entre muchos ciudadanos americanos, un fuerte sentimiento antijaponés.
Y es de esta historia sobre la que le vamos, de la represión americana contra ciudadanos americanos (nativos y no nativos) de ascendencia japonesa.
Como estábamos diciendo, la histeria colectiva se apoderó de la sociedad americana que por primera vez en su historia se había visto atacada en su propio suelo, sintiéndose en constante peligro.
El veintitrés de febrero de 1942 un submarino japonés que había conseguido burlar la vigilancia costera abrió fuego contra un depósito de combustible en Santa Bárbara provocando un gran incendio. Parecía que los japoneses eran capaces de golpear el país siempre que querían. Al día siguiente, en los Ángeles los militares, no se sabe aún porque motivos, aunque está bastante claro que la causa pudo ser el nerviosismo y la confusión, unidades anti aéreas y de artillería dispararon mil quinientas cargas contra la nada, en lo que jocosamente se llamó “la gran batalla de los Ángeles”. Este hecho confundió aún más a los ciudadanos que veían enemigos por todas partes, incluso entre sus propios conciudadanos.
De algún modo esta especie de histeria se contagió en algunos componentes del gobierno, que veían un peligro potencial en los ciudadanos americanos de origen japonés. Inmediatamente se los sometió a una cercana vigilancia por parte del gobierno. El Secretario de la Armada, Frank Knox, los acusó directamente de haber actuado como eficaces espías al servicio del Japón, durante el ataque a la Flota del Pacífico, ya que ningún japonés había muerto durante el mismo. Cuestión esta que fue desmentida por el Presidente.
Se les acusó de querer quemar un pueblo para facilitar un ataque aéreo japonés.
Algunos Congresistas presionaban para tomar medidas drásticas contra este colectivo, de modo que su labor como quinta columna e informadores quedara neutralizada. Incluso algunos medios de comunicación llevaron a cabo agresivas campañas contra este colectivo. Por ejemplo Los Ángeles Times, escribía:
Una víbora es una víbora, sin importar donde se abra el huevo. De la misma manera, un japonés-estadounidense, nacido de padres japoneses, se convierte en un japonés, no en un estadounidense.
Con el objetivo de encontrar armas, cámaras, emisoras, etc. la policía estadounidense llevó a cabo multitud de registros sin previo aviso y sin orden de registro, en viviendas, locales y talleres de los nisei (expresión muy utilizada en aquel entonces para referirse a los americano-japoneses) sin encontrar ni una sola prueba, ni un solo indicio que los pudieran implicar en ningún tipo de conspiración o traición de los que una multitud de ciudadanos los acusaban.
Aún así se establecieron zonas prohibidas o de exclusión, en las que los nisei no podían pasar y zonas restringidas, en las que aunque pudieran pasar, lo tenían que hacer bajo vigilancia. La histeria ciudadana había traspasado su veneno no solo a los militares, sino también a instancias gubernamentales. Ser descendiente de japonés se había convertido en un delito.
De pronto, se esparció el rumor de que veinte mil nisei estaban preparándose para iniciar un levantamiento armado en San Francisco.
Este rumor consiguió movilizar a una parte importante de la sociedad, exigiendo medidas urgentes. El FBI, tuvo que desmentir el rumor, pero aún así parte de la sociedad siguió creyéndolo. La situación se agravaba por momentos. Una delegación del Congreso envió una resolución a Roosevelt solicitando la evacuación inmediata de los japoneses étnicos, sin distinguir entre extranjeros o ciudadanos. El argumento:
El hecho de que no haya ocurrido algún sabotaje hasta la fecha es una indicación perturbante de que dicha acción ocurrirá.
El 17 de febrero, Biddle insistió ante el Presidente de que no tomase esta medida por última vez, argumentando que no había evidencia de un ataque inminente y que el FBI no tenía evidencias de algún posible sabotaje. El Director del FBI, J. Edgar Hoover, también le recomendó a Roosevelt que no evacuase a los japoneses, pero fue en vano.
El 19 de febrero, Roosevelt firmó la orden ejecutiva Nº 9066, autorizando al Departamento de Guerra para que delimitase áreas militares donde la permanencia de las personas sería decidida por el Secretario de Guerra Henry Stimson. Este último le aclaró a DeWitt que los descendientes de italianos no deberían ser molestados, y que solamente algunos refugiados alemanes recibieran ese trato.
Algunos organismos pro derechos humanos protestaron la decisión de encerrar a personas por razones étnicas, pero nadie les escuchó. De hecho cuando se llevó a la cámara del Congreso, tan solo un senador republicano se opuso, por lo que el veintiuno de marzo de 1942 Roosevelt firmó la ley que permitió iniciar la evacuación forzosa de los japoneses étnicos.
Diez días después, sin especificarles el destino, se ordenó a estos ciudadanos (que pasaban a ser de segunda clase) que se preparasen a partir de inmediato, limitando su equipaje a un bolso de mano.
En ocho días inaplazables tuvieron que vender sus propiedades y bienes. Por lo que no es difícil imaginar a compradores oportunistas que compraron dichas posesiones a precio de ganga. O incluso los que firmaron un contrato de alquiler, al que desde luego no hicieron frente y se apropiaron de la propiedad y como no, muchas propiedades fueron robadas de forma descarada. Incluso el propio gobierno participó de forma vergonzosa en este saqueo a sus propios ciudadanos.
Algunos nisei prefirieron quemar sus viviendas y sus campos antes de que se los robasen.
Pasado este plazo, fueron llevados a estadios e hipódromos donde dormían los más afortunados en los establos. Pasaron varios meses, hasta que en junio de 1942 unos ciento veinte mil ciudadanos americanos de etnia japonesa, fueron llevados a diez campos de concentración o como decían las autoridades de reubicación. Donde en medio de extraordinarias medidas de seguridad eran internados. Los campos, alejados de cualquier núcleo urbano, estaban rodeados en su totalidad por vallas de alambre con espino de cinco hilos. Vigilados por guardias armados con orden de disparar si alguien intentaba escapar (como así ocurrió en diversas ocasiones). A los “reubicados” se les entregaba una placa identificativa con un número grabado. Vivían en barracones sin muros, lo que impedía la privacidad, ni siquiera en las letrinas y las duchas comunales de hombres y mujeres, había intimidad. Cada bloque contaba con un comedor comunal, cuarto de lavado y planchado, un tanque para almacenar combustible para la calefacción. Al principio la comida consistía en sopas, arroz y verduras, casi nunca carne, tal vez debido al racionamiento. Sin embargo lejos de venirse abajo, estos japoneses étnicos, se organizaron como si de un pueblo se tratase. Cada uno de ellos aportó sus conocimientos poniéndolos a disposición de todos, por lo que pronto, levantaron ellos mismos sus propias escuelas, granjas de pollos y cerdos, reparaciones de calzado, iglesias, peluquerías, oficina postal, cementerio, diversas tiendas, periódico del campo, etc. Personalizaron y embellecieron mediante jardines el entorno de los campos y en todo momento tuvieron un comportamiento ejemplar.
A inicios de 1943 los estamentos gubernamentales se dieron cuenta que estaban dedicando dinero y recursos a una causa injusta e innecesaria. La división de Inteligencia Militar americana, que siempre se había mostrado en contra de la confinación de estas personas, calificó esta actuación como “carente de juicio”.
En 1944 el Departamento de Guerra recomendó la disolución de los campos. Sin embargo como era año electoral, Roosevelt aplazó la decisión hasta después de las elecciones, momento en que se decidió soltar a los reubicados.
El modo de actuar fue tan rocambolesco como el modo de detenerlos. Los soltaban con un billete de tren y cuatrocientos veinticinco dólares.
El problema es que la gran mayoría no tenían a donde ir, pues lo habían perdido todo. Incluso no a pocos los tuvieron que desalojar a la fuerza.
Por supuesto no les compensaron por su sufrimiento y reclusión, ni siquiera les devolvieron el dinero de sus ahorros que les confiscaron.
No fue hasta 1988 que el presidente Reagan les pidió perdón y les compensó con un gesto; dio a cada superviviente y en su defecto a sus descendientes veinte mil dólares como compensación.
Nunca se demostró ni un solo caso de espionaje o confabulación contra EE.UU. Ni un solo caso.
Actualmente los historiadores coinciden en exponer que no hubo juicios, ni crímenes cometidos, ni condena alguna contra ellos. No respetaron ninguno de sus derechos más fundamentales, encontrándose totalmente desamparados ante un gobierno que tenía obligación de protegerlos. Su detención fue injusta producto del miedo. Tratándolos a todos como culpables, incluso a los que tenían a sus propios hijos luchando por su patria.
Estos ciudadanos americanos tenían una frase: Shikata ga nai. Nada puede hacerse contra esto.
época de internamiento de los nikkei estadounidenses,[4]
Desde los eventos del 11 de septiembre de 2001, musulmanes estadounidenses han participado en el peregrinaje para promover e incrementar la conciencia de proteger los derechos civiles debido a la creciente desconfianza hacia ellos en el mundo después de los atentados.
[editar] Posguerra
En los días siguientes al bombardeo de Pearl harbour se presentaron en las oficinas de reclutamiento de Hawaii 12.500 japoneses, en su mayoría ciudadanos ya nacidos en Estados Unidos y muchos de ellos miembros de la Guardia Nacional. Deseaban más que ninguna otra cosa ser destinados a la lucha contra Japón. Estos formaron un batallón exclusivamente formado por nipoamericanos para ser empleados en Europa como unidad de retaguardia.
Fueron embarcados de inmediato hacia San Diego, donde se les incorporaron japoneses de California y el 12 de junio de 1942 la unidad cambió su nombre por el de 100º Batallón de Infantería, embrión de lo que llegaría a ser el 442 Regimental Combat Team.
El Batallón participó más adelante en el tercer cruce del Volturno y en los combates por Montecassino. El coraje de los soldados japoneses en combate les hizo acreedores del sobrenombre de “el batallón del corazón púrpura” por el elevado número de bajas que sufrieron. En febrero de 1944 sus efectivos se habían reducido a 521 hombres, y tuvieron que recibir refuerzos de Camp Shelby.
El 26 de Marzo, con Montecassino todavía en manos alemanas, la Red Bull Division fue enviada a la cabeza de playa de Anzio, donde desde el 22 de enero se libraban enconados combates, aunque en este sector los atacantes eran los alemanes, empeñados en aniquilar a las tropas desembarcadas para desanimar a los aliados a realizar futuros desembarcos. El 28 de marzo reemplazaron a la diezmada Tercera División. Allí lucharon los japoneses hasta la ruptura del cerco el 25 de mayo, cuando el 5º Ejército americano enlazó con las fuerzas de la cabeza de playa.
Con los alemanes en retirada, la Red Bull Division participó en la veloz marcha hacia el norte, en dirección a Roma. La última línea defensiva antes de llegar a la capital italiana la plantaron los alemanes entre Lanuvia y La Torretto, Fueron necesarias 36 horas de encarnizados combates para superarla, y en la lucha participó el 100º Batallón con tal esmero que seis soldados japoneses recibieron la Cruz de Servicios Distinguidos por esta batalla.
Sus miembros recibieron más de 18.000 condecoraciones individuales, además de ocho citaciones presidenciales para la unidad. En su nivel es la unidad más condecorada en toda la historia del Ejército de los Estados Unidos.
Sólo el 100/442, con apenas un millar de efectivos regularmente, recibió una Medalla de Honor del Congreso, 52 cruces de Servicios Distinguidos, 560 Estrellas de Plata, 4.000 Estrellas de bronce y 9.486 Corazones Púrpura.
A pesar de su historial cuando los veteranos del 442 RCT regresaron a su país se encontraron con frecuencia comercios y bares que colocaban en las puertas letreros de “no se admiten japos” y donde no se les atendía, mientras sus familias permanecían encerradas en campos de concentración tras alambres de espino. Hubo veteranos que al regresar a su pueblo se encontraron su casa saqueada o quemada.
A pesar de que en 1946 el presidente Harry S. Truman en un acto solemne en Washington colocó personalmente la banda de una citación presidencial sobre la divisa del 100º Batallón de Infantería, el clima de hostilidad hacia los americanos de origen japonés persistió largo tiempo y el destacado papel del 442 RCT en la guerra quedó sepultado en el olvido.

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